Carlos Alberto Reyes Salvador, columnista de Expreso.
Carlos Alberto Reyes Salvador, https://www.expreso.ec/. Lejos quedó el frenético tecleado de las máquinas de escribir, el incesante timbre de los teléfonos, el humo de los cigarrillos suspendidos sobre ceniceros improvisados. Atrás quedó aquella sala de redacción donde las cuartillas se acumulaban junto a las tazas de café frío, a donde los periodistas regresaban de la calle con una libreta llena de apuntes; los fotógrafos revelaban sus imágenes mientras los editores discutían un titular. Los correctores perseguían erratas y los operarios preparaban la impresión. Afuera dormía la ciudad. Adentro, el cansancio cedía ante la urgencia de cerrar la edición. Y cuando una noticia cambiaba el curso de la noche, el grito de “¡Paren las máquinas!” devolvía a todos a sus puestos para incluir alguna primicia.
Ya no se escucha el estruendo de las rotativas, donde la tinta encontraba el papel y miles de ejemplares emprendían su viaje hacia quioscos, esquinas y hogares. Al amanecer, los voceadores anunciaban las noticias. El periódico entraba en las casas, acompañaba el desayuno, pasaba de mano en mano y abría conversaciones. Había algo entrañable en desplegar sus páginas, reconocer una firma y detenerse en una fotografía. Era nuestro encuentro con el mundo.
Hoy, ese sonido ya es historia. La imprenta se ha apagado. Queda el silencio. El viernes 9 de octubre, EXPRESO lanzó su última edición en papel, cerrando así una tradición de 53 años, dejando una ausencia que muchos lectores sentiremos. Despedir sus páginas también significa despedir un ritual entrañable.
Ese sentimiento merece un homenaje a quienes hicieron posible cada edición. A los reporteros que salieron a buscar respuestas, a los fotógrafos que supieron mirar, a los editores y correctores que cuidaron cada palabra. A los trabajadores de la imprenta, distribuidores y vendedores que enlazaron la redacción con sus lectores. Detrás de cada ejemplar hubo manos, desvelos y familias. Su esfuerzo queda inscrito en la historia del Diario y en la memoria de quienes lo recibimos.
Me honro en ser columnista de EXPRESO. En sus páginas he encontrado una tribuna para compartir ideas y participar en una conversación que nos pertenece a todos. Agradezco esa confianza y la posibilidad de escribir junto a voces diversas. Un espacio de opinión adquiere valor cuando invita a pensar, admite diferencias y respeta la inteligencia del lector.
La edición digital lleva consigo esa herencia y en cada pantalla seguirá siendo necesario investigar, contrastar, escuchar y explicar. El vínculo con los lectores se renovará con cada noticia verificada, cada historia bien contada y cada columna que abra una reflexión.
Los 53 años de EXPRESO van más allá del papel. Viven en su archivo, en sus periodistas y en la confianza de sus lectores. Acompañarlo en esta etapa es una forma de agradecer lo recibido y de sostener una conversación que sigue abierta. Su futuro se escribirá con el rigor, la independencia y la vocación que lo animan.
Las rotativas han quedado en silencio. Que la voz de EXPRESO no se silencie jamás.
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