lunes, 4 de mayo de 2026

José Ignacio Castelló: 'El buen periodismo exige esfuerzo, tiempo y especialización'

José Ignacio Castello, periodista español.

El Debate. El periodista y profesor universitario José Ignacio Castelló reúne en Historias a todo galope veinte años de reportajes sobre carreras de caballos publicados entre 2005 y 2025, convertidos ahora en un diario personal y profesional sobre un deporte minoritario y una profesión en transformación. El libro combina crónica hípica, memoria de redacción y pequeñas lecciones de oficio para estudiantes y periodistas en un tiempo marcado por la prisa, las apuestas y la irrupción de la inteligencia artificial.


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Sergio Ramírez, al recibir el Premio Ortega y Gasset de Periodismo: 'El periodismo desafía al poder para cumplir con el deber crítico de informar'

 
La consejera delegada de Prisa Media, Pilar Gil, entrega el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, este lunes en Barcelona.Foto: GIANLUCA BATTISTA.

Sergio Ramírez, El País. Quiero empezar estas breves palabras dedicando el premio Ortega y Gasset que hoy recibo a los más de 300 periodistas nicaragüenses que han sido forzados al destierro por la nueva dictadura familiar que oprime a mi patria. Una tiranía enemiga de la palabra, que ha cercenado el derecho a la libre expresión en el país, donde no existe ya ningún medio de comunicación independiente. Sesenta de esos medios -entre estaciones de televisión, radioemisoras, periódicos, portales de Internet- han sido clausurados, o sus instalaciones confiscadas como ocurrió con el diario La prensa. Mientras tanto, el silencio se extiende sobre Nicaragua mientras el mundo mira hacia otros lados en un tiempo de conflictos e incertidumbres. Silencio y olvido.

En los tiempos finales de la dictadura de la familia Somoza, que igualmente reprimió la información libre, los periodistas llegaron a valerse del recurso de transmitir las noticias desde las iglesias, donde la gente se congregaba a escucharlas. Fue lo que se llamó entonces “el periodismo de las catacumbas”. Hoy los periodistas elaboran la información desde fuera de las fronteras -en Costa Rica, México, Estados Unidos o en España- y llega a Nicaragua a través de las plataformas digitales. Es el periodismo de las catacumbas virtuales, apoyado por una red de corresponsales anónimo.


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El periodismo que soñé

Carmela Ríos, El País.

Carmela Ríos, El País.  Desde la mesa de trabajo donde suelo escribir estas reflexiones veo una estantería llena de libros. En una de sus baldas reposa un archivador metálico de color azul repleto de recortes de artículos de EL PAÍS. Están clasificados por temas: política francesa, Unión Europea, colaboración hispano francesa en la lucha contra ETA, economía… Este fue mi primer Google cuando no existía Google, el valioso buscador de datos y contexto para un periodista que se inició en el oficio cuando internet balbuceaba.

El archivador azul me acompaña desde mi otra vida, cuando contaba noticias en televisión, aquí o allá, y necesitaba refrescar conocimientos de forma permanente. Ahora comprendo que no solo he sido lectora de EL PAÍS sino también alumna de un máster invisible y permanente cuyos aprendizajes llegan hasta hoy. Esto hubiera sido razón suficiente para albergar una deuda de gratitud hacia su equipo de periodistas, pero resulta que, mientras rellenaba mi archivador con nuevos artículos, el destino me estaba cocinando un inesperado giro de guion con este periódico como actor principal.

Trabajé en informativos de televisión durante más de dos décadas hasta que se cruzó en mi vida una cuenta de Twitter y salí corriendo detrás de ella para mirarle todo el periodismo que le cabía dentro. El ejercicio resultaba algo estrafalario para una parte de la profesión. “Twitter sólo sirve para hacer amigos falsos”, sentenció un veterano, pero yo seguí a lo mío. Quería aprender a narrar en fragmentos, captar las pequeñas historias para compartirlas, hablar con nuevas fuentes por mensaje interpuesto y dialogar con las personas que, poco a poco, iban asomándose a ese nuevo mundo de comunicación. En 2011 estalló el movimiento del 15-M, la protesta civil más importante de la España contemporánea. Desde mi cuenta de Twitter narré su nacimiento, desarrollo y fin. Un ejercicio de periodismo friki con el que disfruté como pocas veces.

Un año después, en 2012, EL PAÍS reconoció aquel trabajo y se convirtió en uno de los primeros medios de comunicación del mundo en otorgar un premio de periodismo, el Ortega y Gasset de Periodismo Digital a una cobertura realizada exclusivamente desde una red social. Aún recuerdo con emoción aquella llamada de teléfono y una emoción aún mayor cuando supe que entre los miembros del jurado que apostaron este nuevo formato se encontraban cuatro directores de EL PAÍS y maestros como Iñaki Gabilondo o Soledad Gallego-Díaz. El tiempo nos ha dejado en este campo grandes enseñanzas, como que todo el espacio que el periodismo no ocupe en las redes sociales será canibalizado por sucedáneos, paraperiodistas o agitadores.

Entre estos jueguecitos con los que el destino se empeña en enredar mi vida a la de este periódico se encuentran también estas columnas. Reflexionar por escrito sobre lo aprendido en las redes sociales y en su observación ha sido el último de los regalos. Cómo explicarles a ustedes el batiburrillo de responsabilidad, gratitud y síndrome del impostor que me engulle cada semana que me siento frente al ordenador, con mi archivador azul lleno de recortes siempre cerca.

Imagino, y evoco, la alegría que deben sentir los galardonados con el Premio Ortega y Gasset 2026, Svetlana Alexiévich, Sergio Ramírez y Martin Baron, tres maestros del oficio, al ser reconocidos hoy en Barcelona. Celebrarán el periodismo, más asediado que nunca, el día que marca exactamente el 50 aniversario del nacimiento de EL PAÍS. Muchas felicidades. Y muchas gracias.


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