María Jimena Duzán, Guillermo Cano y Mauricio Vargas.
Iván Gallo, https://www.pares.com.co/. En 1982 Pablo Escobar vivía su momento de gloria. Tenía 32 años, acababa de conocer a Virginia Vallejo, diva absoluta de la televisión colombiana; su hacienda, Nápoles, se perdía en extensión por todo el Magdalena Medio. Su fortuna crecía hasta el punto de que la revista Forbes ya lo mencionaba, pero ahí no paraban las dichas: empezaba a tener éxito en la política. Para Escobar el narcotráfico no era un fin, sino un medio que le daría su bien más preciado: el poder total y absoluto. Quería ser presidente de la república. Estaba en camino de serlo ya que para ese año había sido elegido representante a la Cámara por el Partido Liberal. Sin embargo, la acuciosa reportera del diario El Espectador, María Jimena Duzán, le dijo a su jefe, Guillermo Cano, que ella recordaba haber visto la foto de ese tipo cuando cayó preso en Ecuador. Buscaron y buscaron en el archivo, hasta que la encontraron. De ahí es esa foto en la que se ve a Escobar sonriente y desafiante, la maldad encriptada en una sonrisa.
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