Pepe Eliaschev, periodista argentino.
María Eliaschev, Perfil. ¿Eliaschev? ¿Sos algo del periodista?, es una pregunta que, cada vez que digo mi nombre y apellido, las personas mayores de 40 años suelen hacerme. Y siempre respondo igual: 'Sí, soy la nieta'. No me molesta que me lo pregunten, ni me entristece; al contrario, me enorgullece. Mi abuelo fue Pepe Eliaschev, un hombre cuya carrera dejó una marca en el periodismo y los medios de comunicación de la Argentina. Muchos lo asocian a la radio, a su forma impecable de usar cada palabra en sus editoriales, a sus libros o alguna que otra polémica televisiva. Sin embargo, casi nadie tuvo el privilegio de conocerlo como abuelo; en realidad, solo unas pocas fuimos afortunadas de vivirlo de ese modo. Para mí, Pepe Eliaschev no fue solo un periodista; fue también el mejor abuelo que cualquier nieta podría haber deseado. Cumplía con todos los requisitos de un abuelo tipo: tenía pelo blanco, panza, y daba los mejores abrazos del mundo. Pero él además tenía costumbres que lo hacían único. Todos los miércoles, cuando yo estaba en sexto grado, venía a buscarme al colegio al mediodía, y nos íbamos juntos a la pizzería de la esquina. A veces pedíamos pizza; otras veces, un bife con papas noisette. Si el tiempo nos alcanzaba, íbamos a una heladería a la vuelta y él siempre me decía con una sonrisa: “No hay nada que me guste más en esta vida que el helado”. Cuando caminábamos por la calle Juncal, siempre me señalaba una enredadera que crecía en un edificio. Para él era un espectáculo ver cómo esa planta crecía semana a semana.
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