Óscar Martínez, periodista.
Claudia Lagos Lira, https://doble-espacio.uchile.cl/. El reconocimiento a la crónica El exilio nos alcanza -escrita junto a Carlos Martínez- y su reciente visita a Chile abren una reflexión sobre el costo de investigar al poder, el destierro de los periodistas y las dificultades de la profesión para enfrentar realidades autoritarias en América Latina.
En el mes de julio que ya se fue, la crónica
El exilio nos alcanza, de los periodistas salvadoreños Oscar Martínez y Carlos Martínez, resultó ganadora del Premio Gabo 2026 en la categoría texto. El trabajo documenta el exilio de periodistas, activistas y exfuncionarios públicos bajo el estado de excepción con que Nayib Bukele gobierna El Salvador.
En el proceso de reportear y publicar esta crónica, Martínez y Martínez fueron registrando, también, su propia salida sin fecha de regreso a El Salvador y engrosaron el número de periodistas exiliados del país centroamericano.
El
jurado consideró que esta crónica “logra evocar cómo, desde la excepcionalidad del periodismo narrado por sí mismo, yace el recordatorio constante de que el oficio es faro de la democracia”. Para cuando fueron galardonados, los reporteros ya contaban un año fuera de su patria. Y no saben hasta cuándo.
El Faro, el medio nativo digital más longevo en América Latina, ha trasladado sus
operaciones fuera del país, asfixiado por acusaciones infundadas y hostigamiento penal, civil y administrativo de parte del gobierno de Bukele, así como amenazas y agresiones hacia su equipo. De hecho, en 2021, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos
solicitó medidas cautelares para proteger a 34 periodistas de El Faro.
Volver a El Salvador no es una opción: hay órdenes de detención a tu nombre. Y esa detención se parecerá a las de miles ciudadanos que el régimen de Bukele mantiene presos: El Salvador tiene la
tasa más alta de encarcelamiento en América Latina y El Caribe y menos de un cuarto de los presos ha sido sentenciado. Así que, sí, el riesgo de que te metan preso por publicar investigaciones que develan los abusos del régimen es alto.
Pero asumir que eres exiliado cuesta. Hay pudor en nombrarse exiliado por respeto a la experiencia del exilio durante la guerra civil (1982-1990).
Pero los exiliados salvadoreños no pueden sacudirse de Bukele. Los sigue allí donde vayan. Cuando un mesero, un taxista, un estudiante o quien sea en lugares tan disímiles como España, Perú, Noruega o Chile se entera que Oscar Martínez es salvadoreño, la referencia automática es ¡aaaah, Bukele!.
Así lo cuenta el mismo Oscar en su más reciente libro, Bukele, el rey desnudo (Anagrama), que presentó hace poco en Santiago: “Es abrumador ir por el mundo hablando con gente cuyo argumento para idolatrar a Bukele es que vieron un programa de televisión donde salía la megacárcel”. Y advierte: “el Bukele que ustedes ven es un producto del Bukele publicista”. De hecho, Martínez arranca el libro con una declaración de principios: “… dejémonos de rodeos: yo considero a Bukele un dictador. Ahora, sigamos”.
SigamosEl libro consta de un prólogo -“Bukele El Salvador”- y seis capítulos, cada uno de los cuales se organiza en torno a una de las facetas del presidente salvadoreño: “Bukele todopoderoso”, “Bukele internacional”, “Bukele ridículo” -el más divertido-, “Bukele cruel” -el más terrible, aunque todos, en el fondo, lo son-, “Bukele distractor”, “Bukele anti-Bukele”.
Este último recopila tuits antiguos de Bukele que ilustran su giro de militante a la izquierda del
espectro político hasta el, como dice Martínez, dictador que es y que ha colonizado todos los órganos del Estado y ha moldeado las reglas a su medida de tal suerte que aseguró una nueva candidatura presidencial.
Bukele, el rey desnudo está plagado de información, de casos bien documentados, muchos de los cuales están extensamente cubiertos en
El Faro: los discursos claves en que el presidente salvadoreño se entronizó -el 4 de febrero y el 1 de junio de 2024-, su retórica hiperbólica, cómo se vistió, cómo copó los espacios públicos y digitales, su trayectoria profesional en la publicidad y su éxito online.
No deja fuera esa fantasía delirante de bitcoin-city en la playa de Mizata; el peso de la economía informal en El Salvador y los niveles de pobreza y el uso del software Pegasus para intervenir comunicaciones de
periodistas, activistas y opositores políticos. Y tampoco el horror: “Casi trescientos cuerpos, muchos de ellos con signos de tortura, con agujeros, mutilaciones, heridas, habían sido escupidos por las cárceles del régimen para aquel final de 2023”.
Pero a partir del libro y la presentación de Oscar en la librería del
Centro Cultural Gabriela Mistral, el 2 de julio pasado, una piensa en Bukele y en El Salvador y en cómo ampliar los horizontes democráticos. A partir del libro y la presentación de Oscar, una piensa en el periodismo y en su rol fundamental pero, al mismo tiempo, en su alcance.
Sobre el periodismo
Además, ha sido reconocido por varios premios, todos muy prestigiosos: el Premio María Moors Cabot de la Universidad de Columbia (2016), el Premio Internacional a la Libertad de Prensa del Comité para la Protección de Periodistas (2016), el Premio Rey de España (2019), el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez en México (2008), el Premio a la Libertad de Expresión de Deutsche Welle (2023) y el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo (2016).
Sus investigaciones, así como las que ha dirigido como jefe de Redacción de El Faro, son fundamentales para el periodismo latinoamericano y, por qué no, global.
Sus trabajos debieran ser leídos y discutidos en toda
escuela de periodismo de la región y, por qué no, en cursos de ciencia política, políticas públicas, comunicación política o migración, por mencionar algunas áreas en las que su trabajo y el del medio es ineludible. Son, también, el registro que leerán y consultarán quienes, en el futuro, quieran comprender qué pasaba en Centroamérica en el primer cuarto del siglo XXI.
Sin embargo, Martínez y sus colegas no pueden practicar ese
periodismo de excelencia en su propio país. Cabe preguntarnos cómo problematizar y tratar de comprender las implicancias que tiene el hecho de que, a pesar del
buen periodismo que Martínez encarna, no pueda desplegarlo en su patria, para la comunidad a la que aspira a servir. Qué pasa si, aunque tengas razón y lo que publicas es cierto como el tamaño de una pirámide Maya o de Machu Picchu o el estadio Azteca pero poco -o casi nada- cambia.
Bukele sigue en el poder. En Perú
persiguen a periodistas que denuncian los casos de corrupción más señeros de estos años y en
México los miles de desaparecidos siguen desaparecidos y los responsables siguen impunes.
La presentación de Martínez de su libro en Santiago de Chile suda desolación: Documentar y denunciar los abusos de poder es fundamental, pero no alcanza para democratizar nuestras sociedades. Requiere organización política, social, de base. Y hasta donde se advierte en el caso salvadoreño, que lleva ya cuatro años bajo estado de excepción y con Bukele enrumbándose a una nueva reelección, se ve difícil y lejano.
Bukele, el rey desnudo de Óscar Martínez es una carta de amor a El Salvador y a los salvadoreños. Aunque ese amor no sea correspondido.
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