Genaro Mejía, periodista mexicano.
Genaro Mejía, Ídigo. Un instinto secreto me hizo voltear hacia
la ventana y distraerme de la explicación que daba mi profesor de matemáticas
esa mañana. Lo que pasó caminando por el pasillo, casi flotando, como un
hechizo, era una rubia, alta y esbelta, de ojos verdes que sonreía a diestra y
siniestra como si tuviera sonrisas para regalar hasta la eternidad.
Era mi segundo semestre en la prepa y nunca había visto
una mujer tan distinguida, que caminara con ese porte y esa seguridad. Mi yo
adolescente de solo 16 años ya no pudo entender nada el resto de la clase.
Ese mismo día averigüé quién era ella: la nueva maestra
de periodismo para uno los talleres extracurriculares que nos obligaban a tomar
tres veces a la semana. Hasta ese día no sabía qué taller tomaría: había desde
música andina y danza clásica hasta futbol americano.
Siguiendo mi curiosidad por la rubia, entré a la clase
muestra de periodismo para ver si, además de la maestra, también me gustaba de
qué iba aquel taller. Fue entonces que ocurrió: me quedé hipnotizado al
escucharla hablar de lo que era su profesión, su oficio.
Habló con tanta pasión de lo que hacía, de buscar datos, entrevistar
personas, viajar y conocer lugares que sentí un vértigo en la panza y supe que
yo quería dedicarme a eso el resto de mi vida.
Esta es la versión más romántica de porqué me convertí en
periodista. Me encanta contarla cuando se puede porque es chusca y provoca
risas entre quienes la escuchan, pero existe otra versión de los hechos que me
llevaron hasta el periodismo.
La verdad es que desde niño me refugié en los libros ante
mi extrema timidez, mi incapacidad de relacionarme con los demás y mi miedo
ante el abuso de varios de mis compañeros. En ese entonces no se hablaba de
bullying, pero créanme yo era el niño más burlado y humillado de mi generación.
Tenía todo para serlo: gordito, de cachetes inflados y el más nerd entre los
nerds.
Esa timidez y amor por los libros me distanciaron desde
siempre de mi papá, quien esperaba de su hijo primogénito a alguien más
parecido a él: dicharachero y macho, de esos que se meten debajo de los autos a
ensusiarse de grasa, que aman las herramientas y que tienen todas las
respuestas. Yo, lejos de eso, era retraído, escribía poemas y le hablaba a los
árboles. Lo decepcioné.
Fue en la prepa, al enterarme que existía este oficio
llamado periodismo, que había llevado a tantos escritores, como Gabo y Juan
Rulfo, a ser famosos escritores, que encontré el camino que me llevaría a “ser
alguien”, sobre todo, alguien que mereciera ser amado por mi padre.
Los años, la vida y la terapia me enseñaron esta verdad,
pero también me enseñaron que mi padre siempre me amó, aunque yo sintiera que
no. También con los años me di cuenta de que me parezco más a mi papá de lo que
jamás pensé.
Hoy, que inicio este espacio semanal en Reporte Índigo
para contar historias de y para emprendedores, me parece buen momento para
reconocer que gracias a ese sentimiento de desamor me hice periodista. Y
también es un gran momento para decir: Gracias, papá.
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