Óscar Durán, El Tiempo. En los últimos años, hemos visto cómo la conversación pública se ha desplazado, casi por completo, hacia el comentario. No hablo solo de redes sociales, aunque ahí el fenómeno es más visible. Hablo de un ecosistema entero en el que cada vez más personas opinan sobre lo que otros dijeron, reaccionan a lo que alguien publicó y construyen audiencia a partir del eco.
Hoy hay influencers que comentan entrevistas, youtubers que analizan titulares, creadores que reaccionan a reportajes y opinadores profesionales que viven de explicar lo que otro periodista ya investigó. No está mal. La opinión es parte esencial de la democracia y del periodismo. El problema aparece cuando la balanza se inclina peligrosamente hacia un solo lado: cuando todos comentan, pero pocos salen a buscar.
El periodismo no nació para comentar el comentario. Nació para preguntar lo que nadie quiere responder. Para tocar puertas incómodas. Para contrastar versiones. Para encontrar documentos. Para salir a la calle.
En el aula, suelo insistir en una idea sencilla: no todo puede ser interpretación. Alguien tiene que producir los hechos verificables sobre los cuales luego discutimos. Alguien tiene que ir a una alcaldía a preguntar por la contratación, al barrio a hablar con la familia, al juzgado a revisar el expediente, al territorio a escuchar lo que no cabe en un hilo de X o en un video de 30 segundos.
Si el ecosistema se llena de opinadores que solo reaccionan a lo que otros investigaron, ¿qué pasa cuando nadie investiga? ¿Qué ocurre cuando el incentivo económico y simbólico está del lado del comentario rápido y no del trabajo lento?
El algoritmo premia la reacción inmediata, la indignación veloz, la sentencia tajante. Investigar, en cambio, es un acto silencioso y poco espectacular. Implica horas de lectura, llamadas que no contestan, viajes que no garantizan resultados. No es viral. No siempre da likes. Pero es la base sobre la que se construye todo lo demás.
Lo paradójico es que incluso los influencers más exitosos dependen de que alguien haga el trabajo duro primero. Reaccionan a una investigación judicial, a un informe de la Fiscalía, a un reportaje de un medio regional, a un hallazgo académico. Sin ese insumo inicial, no hay contenido para comentar.
Sin verificación, sin contraste y sin trabajo de campo, no hay periodismo. Hay ruido.
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