Cuando el periodista británico Brendon Grimshaw viajó a las islas Seychelles de vacaciones, conoció la pequeña y abandonada Moyenne y se enamoró de su belleza natural.
Infobae. La isla de Moyenne es un territorio lleno de leyendas. Se cuenta que en los siglos XVIII y XIX fue refugio de piratas -de hecho, una de las playas de la costa norte de la isla recibe el nombre de Cueva del Pirata- que, entre abordaje y abordaje, reparaban allí sus naves, y también se dice que en algún lugar recóndito de sus pequeñas dimensiones hay enterrado un botín de oro y joyas que hoy valdría unos 50 millones de dólares. Para reforzar esas narraciones incomprobables hay incluso algunas supuestas pruebas materiales, como dos tumbas sin nombre que ayudan a acrecentar el misterio. Sin embargo, su historia real no tiene nada que envidiarles a las leyendas: despoblada y salvaje hasta la década de 1960, los sueños y el trabajo incansable de un hombre la convirtieron en un paraíso que hoy es el parque nacional más pequeño del mundo. El protagonista se llamaba Brendon Derek Grimshaw y hay quienes lo definen como un Robinson Crusoe moderno que hasta tenía la compañía de su propio Viernes, que no era un caníbal redimido sino el hijo de un pescador de una isla cercana.
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