Álvaro Terán, periodista ecuatoriano.
Alvaro Teran, Facefook. Estuve pensando en lo que ocurrirá con mis libros cuando decida -si es que puedo decidir- rendirme y renunciar a todo y a todos en esta tierra. ¿Los regalarán? ¿Se pudrirán? ¿Los venderán? ¿Alguien heredará estas páginas o servirán de alimento para una ordinaria e insignificante hoguera? No lo sé.
Y ya no quiero pensar en eso. He arruinado provisionalmente mis deseos por comprar, robar, cambiar y conseguir libros. Libros que no siempre leo, por cierto. Libros que solo están ahí para sostener una estantería, que permanentemente evoca la falta de tiempo y espacio para administrar mis pendientes.
Pendientes. Já. Qué definición de mierda para referirme a lo inviable, a lo imposible, a lo inconmensurable. Tengo todo pendiente. Mis ganas por renunciar al periodismo, oficio del que, a veces, me siento extranjero. Mis deseos por vivir otras vidas a las que no estoy invitado. Mis intenciones por leer aquello que se escapa de mi limitada conformación.
Umberto Eco solía decir que los libros no leídos son más valiosos que los leídos. La antibiblioteca es la definición absoluta de lo desconocido. La amplitud del universo reposa en las páginas que jamás serán leídas, que solo existen para probar que ni Dios, ni los números, ni el tiempo son tan infinitos como las palabras.
Somos nuestra palabra y, en la misma proporción, nuestro silencio. El vacío perpetuo de una biblioteca es semejante al vacío que siento en el pecho cuando pienso que, más temprano que tarde, todos mis libros se perderán en el silencio de una voz que jamás supo encontrar su propia voz.
Mis libros podrán ser vendidos, regalados, incinerados o deshojados para envolver aguacates, pero nunca, nunca, serán trofeos de una cultura de apariencias, de una industria de coleccionistas que dice haber leído cada maldito libro que compra.
Juan José Millás dice: “Leo y escribo porque no me siento bien”. Y yo no quiero, no puedo, ni espero sentirme bien. Por eso leo. Por eso escribo. Por eso me rodeo de páginas que, en esta o en otra vida, jamás podré leer.
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