Roque Rivas Zambrano, editor de Solo Periodismo. Cuando era profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad Central, mi discurso hacia los estudiantes era casi un mantra: el periodismo se defiende en colectivo. Todo el tiempo motivaba a mis alumnos a inscribirse en el Colegio de Periodistas de Pichincha (CPP) y en la Unión Nacional de Periodistas (UNP) porque entonces eran trincheras de libertad; espacios donde el debate sobre la ética era prioridad, donde las becas impulsaban el rigor y donde se protegía al reportero frente a los abusos del poder. Esa institucionalidad que yo conocí y premié por su valentía hoy es una sombra: un aparato arrodillado que parece haber canjeado su coraje por una silla cómoda junto al gobierno de turno.
La crisis de estos gremios no es solo de supervivencia, es de dignidad. Resulta alarmante el silencio selectivo de una dirigencia que se pronuncia en contra de las manifestaciones de los sectores sociales, pero calla ante la represión estatal. Esa falta de fibra humana y profesional quedó expuesta en su nula respuesta ante tragedias como la de los niños de las Malvinas; un vacío que delata una preocupante desconexión con la realidad del país y una complicidad tácita con el mando oficial.
Esa decadencia es también técnica y generacional. Mientras el oficio se reinventa con Inteligencia Artificial y nuevas narrativas, estas instituciones se estancan en una oferta formativa anacrónica. Es penoso observar sus comunicados con logos pixelados y diseños precarios que son el síntoma visual de una gestión que no entiende los tiempos modernos. Si no pueden proyectar una imagen profesional acorde a lo que demanda el contexto actual, ¿cómo pretenden liderar el debate sobre el futuro de la comunicación? Han convertido sus canales de contacto en un obituario perpetuo, mostrando más eficiencia en gestionar notas luctuosas que en defender la vida, el salario y la seguridad de sus miembros vivos.
Lo más grave es la pérdida de la pluralidad. Han mutado en altavoces de una sola postura política de derecha, traicionando la diversidad de voces que debe amparar un gremio serio. Como periodista y docente, no puedo ser cómplice de entidades que han renunciado a su esencia de contrapoder para convertirse en clubes de recuerdos.
Es imperativo que estas instituciones realicen una autocrítica profunda y honesta. No se trata de cambiar un nombre o hacer más eventos sino de ejecutar una reinvención estructural que devuelva el propósito a sus filas. O reaccionan y recuperan su autonomía frente al poder, o terminarán por apagar la luz de un oficio que hoy, con justa razón, ya no los reconoce.
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