jueves, 3 de septiembre de 2026

Ruth del Salto, periodista ecuatoriana, deja NTN24 después de 15 años de trayectoria en el canal

Ruth Del Salto, periodista ecuatoriana.

https://www.eluniverso.com/. Después de 15 años frente a las cámaras de NTN24, la periodista ecuatoriana Ruth del Salto anunció este 3 de septiembre el cierre de su etapa en la cadena internacional de noticias. La despedida se produjo durante la emisión de La Mañana, espacio que Del Salto presentaba. Fueron sus propios compañeros quienes comunicaron su salida y destacaron el recorrido que construyó dentro del equipo. El periodista colombiano Andrés Gil resumió parte de esa trayectoria al señalar: “Ruth del Salto cierra hoy un ciclo de 15 años en NTN24. 15 años en los que ha sido una de las caras de este canal, pero también una compañera, una amiga, una persona que ha dejado una huella muy importante en todos nosotros”.


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Periodismo, ¿qué no es?

María Sol Borja, periodista ecuatoriana.

María Sol Borja, Primicias. En un mundo tan cambiante como el que vivimos, el buen periodismo es fundamental. Hay mucho para decir sobre este oficio, sobre lo que es -incluso con sus cambios- y lo que definitivamente no es.

Una de las razones por las que el periodismo ha sido considerado un contrapeso del poder es precisamente porque lo cuestiona, no se somete a él.

Invitar a ministros y demás funcionarios a espacios de entrevistas para ofrecerles sonrisas complacientes y hacerles preguntas que les permitan soltar una retahíla de frases sin sustento más cercanas a la propaganda que a la rendición de cuentas, está muy lejos de ser periodismo.

“Mónica Palacios es una desquiciada”, dice Zaida Rovira, en un fragmento de una entrevista radial que ha circulado en redes esta semana. La entrevistadora, complaciente, le responde: “Totalmente de acuerdo con usted. No sabe cómo salgo yo siempre a defenderla a usted”.

Acto seguido, la entrevistadora se suma a los cuestionamientos que hace la funcionaria pública sobre Mónica Palacios, asambleísta de oposición, a quien la entrevistadora acusa de “haberse metido con una señora de 92 años” -en alusión a la denuncia de Cynthia Gellibert, Secretaria de la Administración que aseguró que Palacios había ido a hostigar a su madre- comprando un relato instaurado con el gobierno.

Teniendo a Rovira al frente, al periodismo le interesaría saber qué vínculos hay entre Jenny Ramírez, la joven de 24 años, supuesta compradora de 93 hectáreas de terreno en La Libertad y la familia Gellibert.

Pero no. Este es un ejercicio de complacencia doloroso para el periodismo.

El periodismo no hace copy paste de una declaración oficial para convertirla en noticia
 
Dar por sentado que lo que un presidente, asambleísta, ministro u otro funcionario dice es verdad, no es periodismo.

La labor de un periodista es contrastar la declaración y contextualizarla. Verificar si lo que afirman tiene sustento en hechos, datos y cifras para poder desmontar un relato, si es que lo hay. Al no hacerlo, el periodista se convierte en un amplificador de una narrativa oficial que no necesariamente está apegada a los hechos.

Ocurrió, por ejemplo, en octubre de 2025, cuando la ministra Inés Manzano dijo que hubo un “intento de asesinato al Presidente de la República” y que “hay signos de bala en el carro del Presidente”.

Muchos medios serios -y portales de propaganda en control del gobierno disfrazados de medios, de los que no se podría esperar menos- lo replicaron sin verificar.

Pasaron pocas horas para que un informe policial desmontara la narrativa oficial. “No aplica in dicios balísticos”, decía claramente el documento. Pero ya fue tarde. El relato gubernamental había trascendido, gracias a la amplificación que muchos medios le dieron, de forma poco responsable.

Ganó el relato, perdió el periodismo.

El periodismo no compromete sus pilares por la pauta
 
El problema de la pauta ocurre cuando ese financiamiento condiciona el contenido editorial: cuando la supervivencia -o ambición- económica pasa a decidir qué se pregunta, qué se omite o cómo se cuentan los hechos. Es ahí donde el periodismo deja de interpelar al poder para convertirse en su aliado silencioso, y eso no es periodismo.

Eso ocurre, en muchos casos, cuando el medio depende únicamente de la pauta o de un gran financista que tiene la capacidad de hacerlo tambalear.

En una reunión nueve meses después de asumir el gobierno, la Secretaria de Comunicación de la Presidencia, Irene Vélez y el entonces ministro de Gobierno, Arturo Félix Wong, con algunos directivos de medios, Vélez dijo que lo “máximo” que pueden hacer “es no invertir donde (en los medios) que nos dan palo todos los días”. Como si el dinero fuese de sus bolsillos.

La lista que se reveló esta semana confirma que no solo eligieron los medios que “no les dan palo” si no también elevaron a categoría de medios portales propagandísticos que difunden desinformación y propaganda partidista. Los acreditaron, los permitieron entrar a los actos oficiales - a esos a los que vetaron a periodistas de largos años como Enrique Alcívar, por ejemplo. Lo que nos recuerda que al poder le gusta lo que no incomoda, incluso si no es periodismo pero se hace pasar por él. 

El enorme desafío para los medios sólidos, serios, plurales y rigurosos es también el financiamiento.

 No todo lo que parece es periodismo  

Autodenominarse periodista no convierte a nadie en uno. Tener un micrófono, un canal de YouTube o una página web tampoco convierte automáticamente a un espacio en un medio. El periodismo no se define por el formato ni por la etiqueta, sino por prácticas concretas y responsabilidades asumidas.

Hacer periodismo implica verificar, contrastar, contextualizar y corregir. Apegarse a los hechos. Distinguir esto de las opiniones y asumir las consecuencias de lo que se publica. Implica, sobre todo, entender que el trabajo no es defender a un político, un funcionario o un partido, ni atacar visceralmente a otro, sino informar u opinar con absoluto rigor.

Cuando un espacio se limita a repetir discursos oficiales, a descalificar sin pruebas o a amplificar versiones sin contrastarlas, podrá llamarse como quiera, pero no está ejerciendo periodismo. 

Defender el periodismo no es defender corporativamente a todos los que hablan en nombre de él. Es defender un oficio exigente, incómodo y necesario. Y también llamar las cosas por su nombre cuando dejan de serlo.


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María Sol Borja, Primicias. Otra periodista ha sido silenciada. Gisella Bayona decidió retirarse del periodismo tras varios días de una campaña claramente orquestada desde lo más alto del poder.

El 28 de agosto, Daniel Noboa acusó a Bayona -sin siquiera nombrarla- de ser proveedora del sector salud y de tener una pareja que “está en todas las mafias eléctricas” hace 15 años y que es testaferro de Jorge Glas.

Sin presentar una sola prueba, el hombre que ostenta el poder político entregado en las urnas, usó su poder para señalar a una periodista crítica. Sus acusaciones, por supuesto, vinieron con la dosis de misoginia ya habituales en varias de sus actuaciones: para descalificar la voz de una periodista con años de trayectoria, el mandatario no rebatió sus cuestionamientos ni desmintió sus aseveraciones; la redujo a la extensión de un hombre.

En la lógica del poder machista, una mujer nunca actúa por criterio propio ni ejerce un oficio con independencia; si incomoda, tiene que ser el instrumento, la cómplice o la beneficiaria de una sombra masculina.

Bastó que Noboa la acusara para que se desatara una campaña de desprestigio y estigmatización contra Bayona.

Nada nuevo.

Colegas como Sara Ortíz, Hernán Higuera, Blanca Moncada, Yalilé Loayza, Alondra Santiago, Álvaro Espinosa, Martín Pallares, Roberto Aguilar, Fausto Yépez y yo misma, hemos sido blanco de hostigamiento y amenazas provenientes de cuentas trolls y pasquines disfrazados de periodismo.

¿Quién financia esos pasquines? Probablemente usted, estimado lector, con sus impuestos que se traducen en loas a un gobierno que dedica más energía a censurar al periodismo y a proscribir opositores que en ofrecer soluciones al desabastecimiento en los hospitales o la violencia que no cesa.

Pero eso parece no importar. El silencio es ensordecedor. Ese de los gremios empresariales o profesionales -de los periodísticos no tengo ni la menor esperanza-, de la academia, de los medios de comunicación como instituciones, de quienes se autodenominan periodistas pero lucran silenciosamente a costa de quienes sí se atreven a ejercer con un mínimo de decencia.

Muchos de aquellos que en el pasado se sintieron muy valientes para cuestionar lo que era cuestionable, hoy parecen cachorritos serviles a un poder que tarde o temprano también los va a aplastar. Su silencio no los va a salvar. Al contrario, su silencio ayuda a cavar la tumba donde se hunde la democracia, y con ella, todos los que nos aferramos a lo poco que queda de ella.

Ustedes, los medios que abandonan a sus periodistas; ustedes, los “colegas” que se acomodan en sus espacios propagandísticos; ustedes, los empresarios que dan palmaditas y nos felicitan en privado pero no "arriesgan" su pauta para respaldar al periodismo; ustedes, los académicos que nos invitan a sus foros pero son incapaces de pronunciarse públicamente... Todos ustedes son cómplices de esta debacle.

Ustedes que creen que su silencio es prudencia. No lo es. Es cobardía. Es comodidad. Es indiferencia. Es la idea equivocada de que callar mientras persiguen a los pocos que se atreven a alzar su voz, va a hacer que ustedes o sus negocios pasen desapercibidos. No funciona así.

El autoritarismo nunca se sacia con una sola cabeza; se alimenta precisamente del vacío que dejan los que logró espantar. Los que hoy respiran aliviados porque el golpe no cayó en su patio, no saben que sin democracia, el golpe siempre llega.

¿Qué creen que va a pasar cuando terminen de purgar a las voces incómodas?

No quedará nadie para defender a quienes hoy prefieren el silencio de su comodidad.

Y no juzgo a Gisella por abandonar el periodismo. Ni a Hernán por dejar de investigar a Progen. Quienes ponemos nombre y apellido a nuestras investigaciones, reportajes, análisis u opiniones sabemos lo que arriesgamos y nadie, desde la comodidad de su teclado, puede exigir que sigamos haciendo lo que ellos no hacen: dar la cara y enfrentar un poder en absoluta desigualdad de condiciones.

Es normal tener miedo.

¿Cómo no tener miedo viendo lo que les pasa a otros?

No se puede juzgar las decisiones derivadas de ese miedo.

Los casos de Hernán y Gisella han sido muy visibles por el perfil de ambos, pero eso no ocurre con la mayoría de colegas cuyas historias de presión y hostigamiento ni siquiera se conocen públicamente.

Y por favor, dejemos la condescendencia de preguntarnos cómo llegamos a esto. La respuesta está bastante clara.

Llegamos aquí cuando normalizamos el consumo de pasquines disfrazados de periodismo y empezamos a replicar su veneno, aunque fuera para indignarnos en redes, regalándoles la visibilidad que necesitan para operar.

Llegamos aquí cuando vimos a colegas ser blanco de linchamientos digitales orquestados, expulsiones ilegales o censura a sus espacios y no dijimos nada.

Llegamos a este punto exacto cuando la mezquindad nos hizo pensar que estaba bien que callaran, expulsaran o vetaran a los periodistas que no nos caían bien, que no pensaban como nosotros o que resultaban demasiado estridentes para la compostura aceptable.

Llegamos aquí cuando el autoritarismo, la corrupción, la violencia y el horror se hicieron aceptables porque prefieren el color del partido que gobierna hoy.

Todos sabemos que el poder del Estado aplasta. Pero la megalomanía de un gobernante es tan letal para los ciudadanos como para él mismo, por una razón elemental: la desmesura de su ego suele esconder la gravedad de sus torpezas. Con el tiempo, sin embargo, los errores ganan peso, agrietan el espejismo del control y terminan por desplomarse, arrastrando consigo tanto al autócrata como al coro que lo aplaudió.

Sería injusto exigirle valentía heroica a periodistas aislados que enfrentan maquinarias de poder sin ninguna protección.

Esta es una invitación urgente a la lucidez de quienes sí tienen peso institucional y capacidad de influencia: los gremios con representatividad, las instituciones mediáticas y los espacios académicos.

Cuidar al periodismo no es un acto de caridad o de altruismo; es una necesidad de supervivencia democrática. Si hoy eligen el silencio y permiten que las voces críticas se desgasten y apaguen una a una, se quedarán sin interlocutores válidos.

Cuando llegue el momento -porque llegará- en que ustedes necesiten fiscalizar un abuso o denunciar una arbitrariedad, cuando sean sus propias causas o sus libertades las que necesiten salir a la luz pública, ¿quién pondrá la cara, la firma y la voz para hacerlo?

No habrá nadie.

Si siguen mirando a otro lado y creyendo que ser indiferentes ante la persecución les va a ofrecer inmunidad; de que entregar la dignidad o aplaudir los abusos les garantizará su supervivencia ante el pésimo enemigo, les tengo un spoiler: su silencio no los va a proteger.

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